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En la luz de la verdad de: Abd-Ru-Shin
Así el delirio de la hora actual va traspasando el alma conmovida de la humanidad, mas no confortándola y solazándola, sino consumiéndola, abrasándola, absorbiéndole las últimas fuerzas que aún le quedan, desgarrada como está, en medio de las tinieblas de los tiempos que corremos.
También aquí y allá adviértase un murmullo, un rumor de creciente expectación por un algo venidero.
La confusión, el desaliento, la perdición; si es que no se rasga con vigor el estrato tenebroso que envuelve espiritualmente nuestro globo, absorbiendo y asfixiando, con la tenacidad lenta de la sórdida arena movediza, todo albor de pensamiento libre antes de que adquiera fuerza y consistencia, es ahogando, disgregando y aniquilando en flor toda volición del bien, antes de que pueda convertirse en acto.
Pero el clamor de los que buscan luz que expenda fuerza para atravesar el lodo, se desvía y enmudece en una bóveda impenetrable, erigida con ahínco precisamente por quienes creen ayudar: El espíritu humano no hace sino fatigarse y no vivificarse.
¡Qué mejor prueba de la esterilidad de todo cuanto ofrecen! Pues lo que fatiga el espíritu nunca puede ser bueno.
El pan espiritual da refrigerio inmediato, la Verdad conforta y la Luz vivifica.
Los hombres sencillos desesperan al ver los muros que levantan las llamadas ciencias filosóficas en torno al más allá. ¿Quién de esas almas sencillas puede comprender sus frases eruditas, sus extrañas formas de expresión? ¿Es que el más allá está reservado solamente para los filósofos? ¡Y es de Dios de quien se habla! ¿Será preciso crear una universidad como institución única donde poder adquirir primeramente las facultades requeridas para comprender el concepto de la Divinidad?
¿Adónde conduce este afán arraigado mayormente en el orgullo? Titubeantes, como embriagados, los lectores y oyentes van de un lado a otro inseguros, cautivos en sí mismos, subjetivos por el hecho de haber sido desviados de la senda de la sencillez.
Escuchad, vosotros los desalentados.
Alzad la vista los que buscáis sinceramente: La senda que conduce a la Suprema Altura está abierta para todos los hombres.
¿O es la erudición la puerta que da acceso a ella?
Jesucristo, ese gran ejemplo en la senda verdadera hacia la Luz, ¿eligió él a sus discípulos entre los eruditos, entre los escribas? No, los buscó en la humildad y la sencillez por que no tuviesen que luchar contra ese grave error de creer que el camino hacia la Luz es difícil y por fuerza arduo de aprender.
Esta idea es el mayor enemigo del hombre: ¡es un embuste! Así, pues, apartémonos de toda pedantería científica allí donde se trata de lo más sagrado en el hombre, de aquello que por fuerza ha de ser comprendido plenamente.
El gran Maestro nos dirige las palabras: ¡Sed como los niños!
Reflexionad! ¿Cómo una ciencia penosamente adquirida puede conducir a la Divinidad? ¿Qué es la ciencia, en definitiva? Ciencia es lo que el cerebro puede comprender. Mas cuán estrechamente limitada es la capacidad comprensiva del cerebro, supeditado como está, por siempre, al espacio y al tiempo. La eternidad misma y el sentido de lo infinito ya no es capaz de concebirlos un cerebro humano. Precisamente dos conceptos que se hallan inseparablemente unidos a la Divinidad.
Lo cierto es que todo hombre lleva en si, como un presente, el todo ingente, imponderable, enteramente capaz de alcanzar, sin agotador estudio, lo más noble y lo más elevado.
Por eso ¡acabemos con la inútil tortura de una esclavitud espiritual! No en vano
Quien lleva en sí la firme voluntad de hacer lo bueno y se esfuerza en investir de pureza sus pensamientos, ya ha encontrado la senda hacia !a Altura Suprema.
Todo lo demás le será otorgado por añadidura.
Para ello no es menester ni libros, ni esfuerzo espiritual, ni ascetismo, ni aislamiento. Será sano de cuerpo y alma, libre de la presión de mórbidas cavilaciones; pues todo exceso perjudica. Hombres habéis de ser, y no plantas de invernadero que por un desarrollo singular sucumben al primer soplo del viento.
¡Despertad! ¡Mirad a vuestro derredor! ¡Escuchad en vuestro interior! Sólo esto puede abriros el camino.
No prestéis oído a las controversias de las iglesias.
Jesucristo, el gran portador de la Verdad, la encarnación del Amor divino, no preguntó por la confesión. ¿Qué son hoy día las confesiones? una esclavitud de la chispa divina que mora en vuestro interior; dogmas que tratan de comprimir la obra del Creador y su gran Amor en moldes forjados por la mente humana, lo cual significa rebajar lo divino, desvalorarlo sistemáticamente.
Tal índole repele a todo buscador sincero, ya que a este tenor jamás podrá experimentar la gran realidad, haciéndose así cada vez más vano su anhelo de Verdad, hasta acabar desesperando de sí mismo y del mundo.
¡Despertad, pues! Destruid en vosotros las murallas dogmáticas, arrancaos la venda para que la Luz pura del Altísimo pueda penetrar en vosotros sin alteración.
Con regocijo volará vuestro espíritu a las Alturas y con júbilo experimentará todo el gran amor del Padre celestial, que no conoce límites de inteligencia terrena.
Un fragmento del mensaje del Grial; Abd-Ru-Shin
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